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La metáfora de la sirena.

No recuerdo quien fue, ni cuando. Pero una vez alguien me dijo que lo más difícil de manejar no era el fracaso, sino el éxito. Al principio, todo me pareció una gran tontería. Cómo era posible. Uno sueña todo el tiempo con tener éxito. Con ganar el partido de futbol, gustarle a la chica que te gusta, sacar 10 en el examen para el que no estudiaste, ganar mucho dinero, comprar un carro, ganar un Oscar, ser presidente, tener tu propia estatua, fundar tu propio país. Cómo podría ser difícil manejar tantas bendiciones.

Pero, como casi siempre ocurre, la vida se va encargando de irte enseñando lo que tienes que aprender, de la forma en que necesitas aprenderlo. El tiempo vuelve a conspirar a tu favor y te enseña que el éxito puede llegar a ser como una sirena en medio del mar: te enamora, te embruja, te engaña y al final mueres ahogado y devorado por ella.

Y es que tener éxito se mezcla con comodidad, adulación (propia o externa), demonios y complejos. Es facil perderse ahí. Quedarse estancado y no volver a crecer. O peor, petrificarse por el miedo a fracazar después de haber triunfado, y defraudar a los demás mientras te defraudas a ti mismo.

Así fue que entendí que aquello que alguna vez me dijeron no era realmente una gran tontería, sino una aplastante verdad. Convivir con el éxito (creo) es saber disfrutarlo, vivirlo y seguir adelante. Sentirte merecedor sin roer los elogios, sentirte satisfecho sin sentirte conforme. Disfrutar del instante sin dejar de moverte.

Por eso, si despues de un éxito viene un fracazo ¡Perfecto! Volviste al mismo punto inicial y todo lo que tienes que hacer es seguir caminando, y hacia adelante. Ya no hay expectativas por el resultado, todo vuelve a ser como 'nada que perder, todo que ganar'. Y eres un cabrón por volverlo a intentar. Y si después de un éxito viene otro igual ¡Felicidades! Eso solo significa que eres un cabrón, y que si mantienes la visión de que pase lo que pase, siempre vas a ganar experiencia, probablemente la racha continue. Y ni te preocupes. Mejor sonríe, maldito perro.



Una verdad agridulce.

La gente cambia, entra y sale de tu vida. Pero eso está bien, es natural; cumplen su ciclo y se van, aunque se queden para siempre en tu memoria y en tu corazón.

Quizás no se trata de olvidarlas, si no de dejarlas ir y recordarlas para siempre. Llorarles, reírles, y todo lo que su recuerdo implique. Dejarlas vivir en nuestras memorias. Esa es la magia: no tienen que estar atadas físicamente a nosotros para acompañarnos hasta el final de nuestros días.

Quizás nuestros caminos se vuelvan a cruzar con los de ellos. Probablemente nunca lo hagan de nuevo. Pero eso no es lo importante, y nunca lo será. Lo importante es que en algún momento los encontramos, los amamos, los vivimos. Y nuestra vida nunca volverá a ser la misma después de ellos.

Es una verdad agridulce, pero como todo en esta vida, depende del cristal con que se mire.

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